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Discurso pronunciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz en el acto solemne por el aniversario 45 del asalto al Palacio Presidencial y la toma de Radio Reloj, efectuado en el teatro "Carlos Marx", el 13 de marzo del 2002

Дата: 

13/03/2002

Compatriotas:

Hoy José Antonio, que murió a los 24 años, de haber sobrevivido otros peligros, estaría aquí junto a ustedes si no hubiese caído en combate aquel 13 de marzo de 1957.

Todavía escucho el extraño tic tac de Radio Reloj, mudo de palabras. Desde una montaña a mil metros de altura en el corazón de la Sierra Maestra, con sólo doce hombres, tratábamos de escrutar aquel misterio. ¡Algo grave sucedía! Lejos estaba de imaginarme que en aquel instante un grupo de heroicos compatriotas, con José Antonio al frente, estaban llevando a cabo el compromiso de luchar unidos para "derrocar la tiranía y llevar a cabo la Revolución Cubana", suscrito en México entre el Movimiento 26 de Julio y la Federación Estudiantil Universitaria el 30 de agosto de 1956.

Por nuestra parte, habíamos declarado que ese año estaríamos combatiendo en nuestra patria. Lo hicimos mediante una audaz y temeraria consigna: "En 1956 seremos libres o seremos mártires." Faltaban sólo 90 días. El enemigo descontaba las hojas del almanaque convencido de que no podría jamás cumplirse aquel compromiso, y el mayor descrédito caería sobre nosotros. Fuese o no correcta desde el punto de vista táctico aquella promesa, a ello nos obligó el escepticismo reinante y la fe perdida de un pueblo cien veces engañado que ya no creía en nadie.

Ese 13 de marzo, cuando nuestra modesta fuerza expedicionaria había sido atacada por sorpresa, disuelta y casi exterminada días después del desembarco, José Antonio cumplió lo que a su juicio era un deber sagrado que emanaba de la Carta de México y de sus propias convicciones.

Con él lucharon y junto a él dieron sus vidas muchos heroicos combatientes del Directorio Revolucionario fundado por él el 24 de febrero de 1956. Después de la audaz y valerosa acción, la orgía de sangre. De ambas fuerzas que habían firmado la carta en aquellos instantes no quedaba prácticamente nada.

Cuando el propio Radio Reloj rompió su insólito silencio y se pudo conocer lo que había sucedido, qué duro fue recordar a aquel joven lleno de vida, nobleza, desinterés, extraordinario coraje y profundos sentimientos revolucionarios. No podía tampoco olvidar el fraternal afecto que personalmente recibí siempre de él.

Dotado de especial carisma, decenas de veces al frente de los estudiantes y en primera fila, chocó contra las fuerzas represivas de la tiranía. En muchas ocasiones experimenté el dolor inmenso de que jóvenes como él, Abel, Frank País y otros muchos fueran cayendo en el largo camino. ¿Qué fue para ellos la Revolución? ¿Qué fue para Céspedes, Agramonte, Maceo, Martí y toda la legión de patriotas que murieron en las luchas por la independencia? ¿Qué fue para Mella, Guiteras, Martínez Villena y otros como ellos que cayeron en el camino sin ver uno solo de sus sueños convertido en realidad?

Uno siente en fechas como esta el deseo de exclamar con todas sus fuerzas: ¡Gloria eterna a los que sólo conocieron el placer del sacrificio ofrecido por Martí a Gómez, aunque en este caso no añadiría, como él hizo al concluir su histórica frase, "la ingratitud probable de los hombres"!

Ellos nos legaron el ejemplo con el que nuestro pueblo, día a día, pieza a pieza e idea tras idea, ha convertido a Cuba de colonia española primero y humillante dominio imperialista después, en la nación más independiente y libre de la Tierra; de una sociedad esclavista, llena de injusticias y desigualdades, en el país más solidario y justo que ha conocido el mundo.

No con calumnias y mentiras se puede destruir el grandioso monumento que nuestro pueblo ha erigido a los sentimientos más nobles y puros del ser humano. De la historia ya no podrá borrarse que ha sido construido y defendido frente al más poderoso imperio que haya existido jamás. Ni las armas más sofisticadas y destructivas que podrían barrer del mapa la especie humana, poseen la menor capacidad de hacer mella alguna en la firmeza y valentía con que Cuba ha defendido y defenderá hasta la última gota de sangre los valores que ha sembrado y los derechos que ha conquistado.

La más importante de todas las armas con que siempre contaron los conquistadores de naciones y los grandes imperios, el miedo, hace rato que no pueden ni podrán contar con él los enemigos de la Revolución Cubana.

Asentados sobre bases tan sólidas, queridos compatriotas, les puedo asegurar que todo aquello que hoy nos enorgullece no es más que un pálido reflejo de lo que con el enorme potencial humano y los nuevos valores creados por la Revolución nos proponemos alcanzar en el futuro.

Dejemos que los hechos hablen en lugar de las palabras. Llegaremos a ser verdaderos seres humanos y a vivir como tales. Nos convertiremos en el pueblo más culto de la Tierra. Disfrutaremos la profunda felicidad que emana de la dignidad, la hermandad y la creatividad del hombre. Aportaremos un granito de arena al porvenir de la humanidad. Dejaremos de existir gustosos, si el imperio poderoso tratara de impedirlo, y tuviéramos que pagar por ello el modesto precio de nuestras vidas. Ya nada podrá evitar que las humildes huellas que nuestra Revolución va dejando a su paso por la historia, sean seguidas por otros muchos pueblos en el mundo.

De una u otra forma, ¡Venceremos!

¡Lo juramos!

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